La propuesta liderada por SANAA para el nuevo Museo Nacional del Ecuador plantea una arquitectura que no busca imponerse sobre el territorio, sino formar parte de él.
Durante décadas, los museos fueron concebidos como edificios monumentales destinados a custodiar objetos de valor histórico. Su arquitectura respondía, en muchos casos, a la necesidad de representar poder, permanencia y solemnidad. Sin embargo, la arquitectura contemporánea ha comenzado a cuestionar esa visión, proponiendo espacios más abiertos, accesibles y profundamente vinculados con la vida urbana. La propuesta "Estratos Vivos", desarrollada por el estudio japonés SANAA en colaboración con Estudio A0, Caá Porá Arquitectura, Jerome Haferd Studio y Taller Capital Landscape, representa con claridad esta nueva forma de entender la arquitectura cultural. El proyecto fue seleccionado para desarrollar el nuevo Museo Nacional del Ecuador, en Quito, tras un proceso de evaluación que redefinió el resultado del concurso internacional.Más allá de la controversia que rodeó el proceso de selección, el proyecto ha despertado el interés de arquitectos y urbanistas por la manera en que interpreta el territorio ecuatoriano. Su propuesta no gira únicamente alrededor de un edificio, sino de una experiencia espacial que busca conectar el paisaje, la memoria colectiva y la diversidad cultural del país.

Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es precisamente su nombre: "Estratos Vivos". La palabra estrato hace referencia a las capas geológicas que conforman la tierra, pero también puede entenderse como las distintas capas históricas, culturales y sociales que han construido la identidad del Ecuador. SANAA toma esta idea como punto de partida para desarrollar una arquitectura que no pretende representar una época específica, sino reunir en un mismo espacio las múltiples historias que conforman el país.
Los propios arquitectos explican que la propuesta encuentra inspiración en las culturas precolombinas y poscolombinas, así como en conceptos relacionados con la memoria colectiva, el encuentro entre las personas y la conexión con el cosmos. No se trata de reproducir formas tradicionales ni de recurrir a símbolos evidentes, sino de traducir esos valores en una experiencia arquitectónica contemporánea.
Esta manera de trabajar no resulta extraña para SANAA. Desde hace más de dos décadas, el estudio dirigido por Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa, ambos galardonados con el Premio Pritzker de Arquitectura, ha desarrollado edificios donde la ligereza, la transparencia y la continuidad espacial sustituyen a la monumentalidad tradicional. Sus proyectos rara vez buscan convertirse en esculturas aisladas; por el contrario, intentan desaparecer visualmente para permitir que el entorno, la luz y las personas sean los verdaderos protagonistas.
En Quito, esa filosofía se refleja desde la propia implantación del edificio. El museo no aparece como un objeto independiente colocado dentro de un parque, sino como una extensión natural del Parque La Carolina, uno de los espacios públicos más importantes de la ciudad. La propuesta organiza el acceso mediante una gran plaza abierta que se prolonga hacia el interior del edificio, diluyendo los límites entre espacio público y espacio cultural. Los programas abiertos al público se distribuyen como pequeñas "islas" dentro de un paisaje continuo, permitiendo que el museo funcione incluso para quienes no ingresen a las salas de exposición.
Esta decisión representa uno de los cambios más importantes en la arquitectura museística contemporánea. Durante mucho tiempo, el museo fue entendido como un edificio al que se ingresaba únicamente para observar colecciones. Hoy, muchos de los proyectos culturales más relevantes del mundo buscan convertirse en espacios urbanos activos, capaces de recibir actividades sociales, educativas y recreativas durante todo el día. El edificio deja de ser únicamente un contenedor de obras para convertirse en un espacio de encuentro ciudadano.
Otro elemento que distingue la propuesta es su relación con el paisaje natural. La cubierta y la envolvente presentan formas curvas inspiradas en el perfil del volcán Pichincha, cuya presencia domina el horizonte de Quito. En lugar de competir con la geografía, la arquitectura parece prolongarla, estableciendo un diálogo permanente entre la montaña y la ciudad. La fachada estará conformada por un sistema suspendido de piezas de terracota, un material profundamente relacionado con las tradiciones constructivas de América Latina y que, además, aporta textura, calidez y control ambiental.
El empleo de la terracota también revela una preocupación por la sostenibilidad y el comportamiento climático del edificio. Más que un acabado decorativo, la piel arquitectónica actúa como un filtro que regula la incidencia solar, mejora el confort interior y reduce la demanda energética. Esta estrategia demuestra que la expresión arquitectónica puede surgir directamente de las decisiones técnicas, sin necesidad de recurrir a elementos ornamentales.
El paisaje continúa siendo protagonista en el interior del museo. Los arquitectos describen el edificio como un sistema de plazas verticales conectadas entre sí mediante patios y jardines que permiten la entrada de luz natural y vegetación. Las galerías se organizan como espacios flexibles donde las dimensiones cambian constantemente, alternando áreas íntimas con espacios abiertos de gran amplitud. Esta secuencia busca que el visitante experimente el recorrido como un descubrimiento continuo y no como una sucesión repetitiva de salas de exposición.
La colección del Museo Nacional del Ecuador, compuesta por aproximadamente 1,2 millones de piezas, exige precisamente este tipo de flexibilidad. Las obras abarcan desde objetos arqueológicos hasta patrimonio histórico y manifestaciones culturales contemporáneas, lo que demanda espacios capaces de adaptarse a múltiples formas de exhibición sin perder coherencia arquitectónica.
Quizá el mayor aporte de "Estratos Vivos" no sea su imagen, sino su manera de entender el papel de la arquitectura en la construcción de identidad. En lugar de buscar un edificio icónico únicamente por su forma, la propuesta intenta convertir la experiencia del visitante en el verdadero elemento memorable. La arquitectura deja de ser un objeto para convertirse en un recorrido, un paisaje y una conversación permanente entre historia, naturaleza y ciudad.
Desde la perspectiva de Anta Arquitectos, este proyecto demuestra que los grandes edificios culturales del siglo XXI ya no se diseñan únicamente para albergar colecciones. Se conciben como espacios capaces de fortalecer la relación entre las personas y su territorio, promover el encuentro ciudadano y expresar la identidad de una nación sin recurrir a gestos formales exagerados. La arquitectura encuentra así una de sus funciones más importantes: construir memoria colectiva mientras proyecta el futuro.




Comentarios
Publicar un comentario